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Casa Santa Marta, al servicio de la historia: el hotel del Vaticano que se 'bunkeriza' para el cónclave
Con 133 cardenales electores, la residencia donde vivió el papa Francisco albergará en completo aislamiento a los purpurados que elegirán al próximo pontífice
A escasos metros de la majestuosa Basílica de San Pedro se alza la Casa Santa Marta, la residencia vaticana que se transforma, una vez más, en el discreto epicentro de uno de los momentos más trascendentales para la Iglesia católica: el cónclave para la elección del nuevo papa.
Conocida oficialmente como Domus Sanctae Marthae, esta residencia moderna de cinco plantas, donde vivió el papa Francisco hasta su fallecimiento el pasado 21 de abril, ofrece 105 suites de dos estancias y 26 habitaciones individuales.
Aunque diseñada con el confort en mente -con salones, un comedor tipo autoservicio y una amplia capilla- su papel durante el cónclave es bien distinto: ofrecer comodidad, sí, pero también garantizar el aislamiento absoluto de los cardenales.
De acuerdo con la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, promulgada por Juan Pablo II, se retiran de las habitaciones todos los dispositivos electrónicos, radios y televisores. La normativa busca preservar el carácter confidencial y espiritual del proceso, libre de interferencias externas.
Para esta ocasión histórica, en la que se reunirán 133 cardenales electores -la cifra más alta jamás registrada-, se ha habilitado una residencia adicional adyacente, dado que Santa Marta no cuenta con habitaciones suficientes para todos. Las habitaciones, modestas pero funcionales, se asignarán por sorteo el día antes del inicio del cónclave.
La logística está meticulosamente organizada. Cada mañana, los cardenales se trasladarán en autobuses -o a pie, si así lo desean- desde Santa Marta hasta la Capilla Sixtina, recorriendo un trayecto que bordea la basílica, pasa por la iglesia de San Esteban de los Abisinios y cruza el Arco de San Dámaso hasta llegar al Palacio Apostólico.
Casa Santa Marta, que alguna vez fue hospicio para religiosos y refugio para diplomáticos durante la Segunda Guerra Mundial, vuelve a ponerse al servicio de la historia. Esta vez, no para alojar al papa reinante, sino para cobijar, en silencio y recogimiento, a quienes deberán discernir y elegir a su sucesor.
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