Renacer

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Cuando te sobrevenga el miedo, el dolor, cuando no parezca haber otra salida lejos del sufrimiento, acéptalos. Abraza el dolor, recíclalo, úsalo y permítete a través de él llegar a la grandeza. El sufrimiento no es nada y en nada se convertirá cuando lleguemos a la cima.

Toda la insatisfacción, la frustración, la infelicidad humanas pueden ser usadas como catalizadoras hacia algo más grande o pueden someternos, reprimirnos y destruir cualquier cosa, incluso aquellas sobre las que parece ejercemos un control consciente. Nada parece estar a salvo de una fuerte sacudida.

 

Nuestra experiencia en el mundo nos repite de forma constante que las lecciones más irrefutables que podamos prender y los cambios más grandes en nuestra vida de dan en el dolor. En el dolor renacemos, derribamos barreras y atravesamos caminos de desafíos imposibles, y es en esos momentos cruciales donde podemos catalizar ese dolor para convertirlo en una de las fuerzas más poderosas de las que podamos disponer. Pero sucede a menudo que nuestra falta de creencia nos hace vacilar acerca de lo que somos capaces. Muchos no superan los golpes y deciden rendirse abrazando el inagotable sufrimiento de una mente deprimida. Entonces todo se les vuelve oscuro, los días se tornan copias unos de otros y nada parece poder cambiar las cosas.

 

Solo aquellos que ven un sueño como posible son capaces de conseguirlo. Todos aquellos que se enfoquen en las desgracias, llegarán a experimentarlas.

 

Todos sentimos y sentiremos la presión y la desestabilización que producen los momentos de dolor emocional. Nos podemos quedar súbitamente sin aliento y desarrollar estrategias inconscientes de incapacidad y desánimo terminal. Los reveses sentimentales crean procesos de hundimiento o crecimiento en función de las expectativas que tengamos de salir del pozo, pero debemos recordar que si interpretamos cualquier desgracia o suceso negativo como insuperable, adaptaremos nuestros pensamientos y acciones en esa misma dirección, exacerbando todavía más tales sucesos. La solución a esta desdichas radica en saber que ocurra lo que ocurra, si insistimos y no caemos en el pesimismo, se encontrará un camino. Cuanto más nos enfoquemos en encontrar una salida y más nos aferremos a la probabilidad de que tarde o temprano la combinación entre optimismo, decisión y esperanza ofrezca sus frutos menor será la tendencia a vilver una y otra vez sobre nuestras desgracias. Si uno está predispuesto a encontrar una salida, tarde o temprano la encontrará. Si uno está predispuesto a encontrar motivos para hundirse, se hundirá.

 

Cualquier camino de sufrimiento coge dos direcciones: salida o permanencia. Ambas dependen tanto del tipo de situación como de la persona que la experimenta. Cualquier persona, incluso las más fuertes, pasan alguna vez por el trance que supone enfrentar una desgracia, pero su optimismo respecto a cualquier suceso de la vida hace que sigan adelante reconstruyéndose a sí mismos tantas veces como necesiten. Ahora bien, para las personas que se apoyan en el dolor y la impotencia para dar sentido a sus vidas la aflicción incluso por cualquier leve contratiempo se perpetúa en sus días. No olvidemos que no son los acontecimientos los que provocan nuestros comportamientos, sino la interpretación que hagamos de dichos acontecimientos.

 

Uno puede sentirse desconcertado y efectivamente poseer razones para el desamparo, pero está contrastado que cuanto mayor sea nuestra creencia de que todo el dolor que sintamos también pasará, mayores caminos cognitivos abriremos que nos lleven hacia la salida y nos alejen de la permanencia de los problemas. Tal vez una vida plena de éxitos sea suficiente para albergar esta creencia, pero existe una clara evidencia de que aquellas personas que descentran su atención de las calamidades e integran en sus vidas nuevos planes de futuro, elaboran un nuevo andamiaje emocional que impregna de optimismo cualquier actividad, reduciendo el impacto de cualquier contratiempo.

 

Alcanzar una vida que goce de satisfacción solo es posible cuando nos rehacemos de la derrota y afrontamos los días como oportunidades de reacción ante cualquier contratiempo, sin rendirse ni ceder. Todos enfrentamos dolor, la diferencia radica en la línea de conducta que adoptaremos: rehacernos o permanecer sufriendo. Basta con considerar cualquiera de ellas como posible para obtener algunos pocos resultados que nos empujen en esa dirección. Pensamiento, acción y consecuencia. Elijamos con qué resultados queremos conformarnos y empecemos a actuar para conseguirlos.

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