Confianza y competencia II: Del fracaso al aprendizaje

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"Una de las razones por las que la gente deja de aprender, es porque cada vez están menos dispuestas a arriesgar." John Gardner.

La meritocracia se alza como parte fundamental en cualquier proceso de cambio; en cualquier camino hacia lo que llamamos éxito, donde el desarrollo de relaciones y el aprovechamiento de nuevas oportunidades puede marcar la diferencia entre el progreso o el estancamiento.

 

El desafío de una mejora constante se hace cada vez más patente en una sociedad marcada por una avalancha de competitividad llegada como consecuencia de una recesión no solo económica, sino también laboral y psicológica. La crisis de confianza sufrida puede darnos lecciones tanto de desamparo y desaliento como de aprendizaje y estímulo. El descalabro emocional al que se enfrenta una persona al fracasar solo puede ser subsanado por la capacidad de esa misma persona para, por un lado, percibir el fracaso como una oportunidad de cambio y, por otro, de responder y no reaccionar ante los problemas. La necesidad de no fracasar se ha instalado en nuestras mentes como un cáncer de difícil cura, cuyo enfoque se ve arrastrado hacia estrategias desesperadas de evitación de riesgos más que hacia el aprovechamiento de oportunidades que toda situación "desastrosa" trae consigo. 

 

A RÍO REVUELTO GANANCIA DE PESCADORES

 

De todos los sucesos negativos que suceden en nuestras vidas, siempre hay frutos que recoger. Prepararse para fracasar es algo que deberíamos hacer con mayor asiduidad. Entregar todo lo que somos y todo lo que tenemos para obtener todo lo que podamos y de ahí, de esa cosecha, empezar a recoger todo aquello que nos sirva y deshacernos de lo que no. A esto se le llama re-estructuración de estrategias y es uno de los pasos más sencillos, rápidos y eficaces de obtener los mejores resultados. La implicación en el plano emocional nos ha hecho vulnerables en una sociedad obsesionada por el éxito rápido y pasajero y un aparentismo de "bajo control" que no es real. El proceso ensayo y error está implícito en toda marca de éxito y aún así muy alejado de nuestras vidas cotidianas. Podría decirse que la diferencia entre quien gana o pierde se basa precisamente en su percepción del fracaso, en su búsqueda y no en su huida. Al contrario de lo que pueda parecer, y basta con probarlo para comprobarlo, asumir riesgos y aceptar que la situación, cual sea, no puede ser controlada al 100%, es una magnífica forma de mantener la situación bajo control. 

 

SUBJETIVO Y OBJETIVO

 

El éxito bebe de ambas partes. El fracaso también. Una, aprendida y peligrosa (objetiva), nos enseña que nada de lo que podamos hacer podrá cambiar las cosas, porque son factores externos los que nos gobiernan. El doctor Martin P. Seligman en su libro "Aprenda optimismo", advierte que hay personas que viven perpetuamente afligidas por su temor al fracaso y, como consecuencia, abandonan cualquier posibilidad de ver convertidos sus deseos en realidad. El temor a vernos sumergidos en una situación difícil nos convierte en sujetos carentes de determinación y envueltos en un manto de pesimismo, en el que se ahogan nuestras mejores opciones de progreso. El fracaso no se puede objetivizar. Se debe subjetivizar, para de este modo cambiar su significado por completo. No se trata de ignorarlo, si no de tener en nuestra mano la posibilidad de considerar todas las opciones que significa fracasar, escoger las que más nos capaciten y trabajar en esa dirección, sin que importa lo que suceda. Al igual que la confianza, es cuestión de elección. No podemos elegir tener o no problemas, lo que sí podemos hacer es decidir qué hacer y qué actitud tomar cuando estos aparezcan. No conozco a una sola persona de éxito que no haya recibido reveses uno detrás de otro. Lo que separó a esa persona de finalmente conseguir sus objetivos de quien decidió abandonar desalentado por la situación, fue la decisión de no dejarse llevar por la propia situación, buscar siempre su mejor opción y trabajar en ella sin contemplaciones.

 

La otra, ignorada y necesaria (subjetiva), es disfrazada por los falsos "realistas" como la exteriorización de vulgares creencias como "aún no he fracasado, simplemente no he encontrado el camino" o "soy capaz de conseguirlo, si aprendo de mis errores y me preparo más, podré hacerlo". Para estas personas, el éxito depende muchos factores ajenos a ellos. Y el fracaso también. Solo entender el proceso que va desde la capacitación hasta los resultados, pasando por la más que obligatoria práctica, nos coloca como aptos protagonistas de lo que hacemos y deja que disfrutemos de lo que nos hemos merecido conseguir. 

La creatividad nace del conocimiento y la capacidad para superar un supuesto fracaso no es si no el mero entendimiento por nuestra parte de que nos encontramos ante un desafío para el que podemos o no contar con las armas suficientes. Entonces, cada vez que nos veamos retados, podemos decidir si significa fracaso o desafío, si nos transformamos, mejoramos y superamos o nos damos por vencidos. Algo a lo que el citado doctor Seligman llama "impotencia aprendida".

 

El experto en liderazgo John C Maxwell en su best seller "Las 21 leyes irrefutables del liderazgo" habla de la ley del tope, que se puede resumir en la siguiente frase: "Tan alta sea tu capacidad de liderar, tan altos serán los resultados que obtengas". La cual me recuerda al principio de Peter, escrito por el Psicólogo Lawrence J. Peter: "En cualquier jerarquía, toda persona tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia". Al igual que para liderar hacen falta conocimientos y práctica, para superar fracasos también. Cuanto más nos preparemos para vencer desafíos en nuestras vidas, más alto llegaremos en ellas.

 

Apostar por un lado por nuestras capacidades y por el otro por una nueva interpretación de las situaciones es la clave para superar cualquier barrera autoimpuesta y que nos conduce hacia el camino del crecimiento personal y profesional.

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